Habría que conseguir una almohada de esas largas, una de esas que ocupan toda la cama.
***
Es como estar sentado, viendo como entra uno y se sienta en
una mesa distante, observa… Quizá pasan algunas personas por su mesa, pero al
final se queda sola, de pronto puede voltear a verme, a lo mejor con una mueca
a medias y de nuevo, se queda mirando fijamente el servilletero.
Yo sigo ahí, estático, mirándola fijamente (me he aprendido
todos sus rasgos, de memoria) alguna vez pasé cerca de ella, de tanto que ha
pasado, casi no recuerdo el aroma de su perfume.
Se levanta, al caso pasaron 2 horas como máximo, vuelve a
retirarse del lugar, yo me pregunto ¿a quién va a ver? Pero sólo es una
pregunta que nunca he de contestar, esa mesa siempre se queda vacía, como si la
esperara, y siempre llega, usa el mismo modus operandi, a veces me canso de
tantas preguntas, a veces pienso que debería acercarme a preguntarle si espera
por mí. Es cansado… es cansado estar triste, la veo cansada.
***
Ese día llegó muy pronto, temprano me alisté, como si fuera
a un evento (¡y claro que lo era!) camisa blanca de algodón, pantalón de
gabardina azul marino, tirantes color guinda y zapatos grises. Salí a la calle,
no hacía ese sol veraniego que tanto detesto, había más grises en el cielo, un cielo
que se antoja londinense (faltaba el frío que quema la cara)
Camino de prisa, pero no lo suficiente, parece que no llego
a la cita. Cabe destacar que dicha cita era sólo de mi parte, yo esperaba que
ella me esperara, ella quizá sólo iba por un buen café colombiano, como
desearía que fuese un turco muy amargo.
oV
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